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La injusticia de la violencia, se constituye el mayor de los atropellos de los derechos, no resuelve problemas sino que los crea.

Por: Óscar Homero Serrano Agudelo,  Egresado facultad de derecho.

El gladiador Espartaco (año 73 A.C), quien alimentó su idea de vengarse de la tiranía romana, cada vez que exponía su vida al luchar para la diversión de los “civilizados”,  y quien logró reunir su ejército con esclavos, ciudadanos indignados a quienes les limitaban sus derechos, con campesinos despojados de sus tierras y soldados proletarizados insatisfechos, representa la reacción de un pueblo frente a las injusticias y la opresión que estarán presentes cada vez que estas aparezcan.

Una marca real en nuestra identidad, que ha llevado al país a años de queja, malestar y a la lucha armada de muchos gladiadores que han buscado acabar con el sistema de desigualdad e injusticia de nuestra sociedad.

Ahora, frente al proceso de paz en el cual la sociedad ha invertido sus mejores esperanzas, no existe conclusión alguna en la que se pueda pensar que la violencia es necesaria para combatir esos flagelos; ya que ha quedado demostrada la injusticia de la violencia, y frente a nuestros ojos comprobado está, que se constituye el mayor de los atropellos de los derechos, sabemos que ella no resuelve problemas sino que los crea.

El camino en la implementación del proceso de paz colombiano enfrenta dudas en la práctica: ¿existirá la manera para lograr convivir en paz con personas que piensen distinto?, ¿Qué será del narcotráfico quien tiene en la violencia más que un negocio todas las alas para iniciar de nuevo acciones de guerra? Y qué pensar de los eternos debates frente a la opción de quienes nunca obtuvieron legítimamente el derecho a representarnos como ciudadanos, ahora ya lo tienen; todas estas acciones de conjunto se resolverán globalmente y sin tocar nuestra capacidad de aporte más allá de los comentarios y posiciones de café.

Surge entonces la duda sobre qué tipo de responsabilidad directa tenemos; cuál debe ser nuestro rol como academia y como profesionales a los cuales nos arropa el ejercicio continuo y directo de las leyes, para terminar definiendo fórmulas pacíficas de convivencia y de paz que enriquezcan este proceso.

Una de ellas, y la cual quiero motivar a poner en práctica, la encontré en la posición del pensador contemporáneo Fernando Savater, quien nos invita a la mejor de las revoluciones. “La educación es la revolución sin sangre más eficaz, es la que combate las situaciones de atraso, de injusticia. Los verdaderos revolucionarios prefieren ser educadores.”

Es entonces, lo que somos y lo que hacemos como familia universitaria el mejor motor, de aporte al proceso de paz; el enseñar y el educarnos, la única posibilidad práctica que aporte en el presente y futuro a una Colombia de paz continua.

Cada vez que compremos un libro o lo prestemos en la biblioteca y lo estudiemos, estaremos cambiando la conciencia retrógrada de matarnos por nuestras ideas. Me encanta el pensamiento de proponer un circo de asesinos enfrentados a fuertes gladiadores que solo usen las lanzas y espadas de las ideas con respeto a la opinión diferente, y que se permita el choque sin parar, hasta que solo quede derrotada la imposibilidad de existir juntos en medio de nuestra Colombia.

Estudiar y motivar a que otros lo hagan, podrán elevarnos a todos a un nivel de compromiso, de respeto y tolerancia al otro y crear así un país en el que realmente quepamos todos, y podamos ser los líderes de fundamentos que reestructuren nuestra casa, desde los diferentes lugares a los que nuestras profesiones nos lleven.

Conocer el pensamiento sobre la paz de Jesús, filosofar estudiando la idea de paz en los grandes activistas del siglo XX, y analizar textos sobre la paz que puedan dejar lecciones para la actualidad, no es en vano, ya que solo así, cambiará nuestra manera de ver mediáticamente las cosas que los medios de comunicación pagados, nos siembran.

Encontrar en la paz eterna de Emmanuel Kant, buscar la idea de paz en León Tolstoi, descubrir los fundamentos de paz según Mahatma Gandhi, y aun inspirarnos en escritos como la paz y la reconciliación en Juan Pablo II, sentir También los estudios de los pensamiento sobre la paz en Martin Luther King, Bertrand Russell, Albert Einstein, John Galtung y John Paul Lederach, nos dejaran como reformadores de nuestros corazones desde donde sí tenemos un gobierno propio para establecer y realizar el mejor proceso de paz. Cambiando nuestro corazón cambiará nuestra casa.

Por eso, afirmo que necesitamos seguir siendo gladiadores, como Espartaco, que luchemos por las injusticas, pero que lo hagamos con un corazón nuevo como el de Gandhi.