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Por: Reinaldo Pérez Flórez, Abogado Uniciencista - Especialista en Derecho Constitucional y Administrativo


Durante muchas décadas fueron miles los colombianos que desarrollaron su proyecto de vida en el vecino país. El motivo siempre fue el mismo, buscar allí una mejor calidad de vida. Al menos esa era la impresión que quedaba de nuestros vecinos y familiares cuando nos visitaban del hermano país. Lo hacían exhibiendo muchos lujos, en especial sus vehículos, ya que, en Venezuela, gracias a esa mal llamada bonanza petrolera, la importación de carros de alta gama era el común denominador de la mayoría de habitantes de ese territorio. La dinámica económica daba para que los productos de primera necesidad llegaran a nuestro país con precios muy bajos y que la frontera más grande que tiene nuestra nación, fuese una oportunidad laboral para muchos compatriotas.

Hasta ahí las oportunidades laborales estaban bien definidas dentro del marco de acción comercial de las dos fronteras. Lo que nadie nunca imaginó fue que en la gran “Revolución Bolivariana” los papeles se iban a invertir. Ya no se hablaba del bolívar fuerte, ahora la denominación era el peso fuerte y nuestros productos la mejor moneda de cambio en ese país. Tal vez el colombiano siempre ha sabido vivir con dificultades. Mientras el venezolano gozaba de su carro en fibra de vidrio, a finales de los años ochenta, el carro más lujoso de nuestro país era el Renault 12. La buena vida por la bonanza petrolera los malacostumbró a casi todos y solo veían como opción de vida a su Estado paternalista.

Efectivamente ningún país y menos uno del tercer mundo y no en vía de desarrollo, porque así ha quedado Venezuela, como un país del tercer mundo con un régimen dictatorial reconocido en las urnas, jamás podrán sostener ese modelo paternalista. Todo era comprado y suministrado por el gobierno. No hubo ningún desarrollo industrial o agrícola y la razón fue muy sencilla, el padre le dio todo lo que quería a sus hijos, pero se le olvido lo más importante, enseñarles a trabajar y conseguir las cosas con algún esfuerzo. Los venezolanos lo querían todo hecho y al fin y al cabo no era su culpa sino de su modelo de desarrollo que fue equivocado. Al gobierno paternalista no le alcanzó para más, y eso ha provocado que en los últimos 20 años la frontera Colombo Venezolana fuera testigo de tres olas de migración, siendo esta última la más grande en la historia de nuestro país.

Los expertos estiman que a la fecha en nuestro territorio hay más de 900.000 migrantes venezolanos, convirtiéndose para el momento en el 1,8% de nuestra población, incluyendo a los que tienen doble nacionalidad. Este es el golpe colateral que ha recibido nuestro territorio gracias a la grave crisis social del vecino país, haciéndonos receptores del éxodo más grande que ha tenido Latinoamérica en este siglo. El éxodo del cono sur en la década del 70 y en los años 80, ocasionado por las dictaduras militares, apenas puede ser comparable con este fenómeno social, pero el problema puede ser aún mayor considerando que nuestro gobierno no puede caracterizar adecuadamente a los venezolanos que tienen doble nacionalidad.

Los hermanos venezolanos que han llegado con sus núcleos familiares completos, son colonias enteras en busca de una mejor oportunidad de vida en un país donde nuestro gobierno le ha apostado a la pacificación de su territorio por la vía del dialogo, circunstancias en las cuales el hermano país fue garante y pilar fundamental del proceso. Claro está que esto no se le debe a su jefe de Estado, sino es una deuda histórica que tenemos con sus habitantes. Es indudable que ante esta nueva realidad vayan a cambiar nuestras dinámicas laborales haciendo posible que las necesidades los lleven a realizar trabajos que los colombianos ya no queremos hacer; sin embargo, es necesario darles la mano ahora que ellos también hacen parte del posconflicto. De no ser así, puede ampliarse los números de otro indicador, el de la delincuencia que el gobierno y la ciudadanía pueden tolerar.  Algún día ellos volverán a su país si consideramos que el migrante siempre lleva en su corazón el lugar de origen y de contera, Venezuela los necesitará para reemprender esa reconstrucción social que tarde o temprano se deberá dar.